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Y les dijo: Hijitos, ¿tenéis algo de comer? Le respondieron: No. Él les dijo: Echad la red a la derecha de la barca, y hallaréis. Entonces la echaron, y ya no la podían sacar, por la gran cantidad de peces. Entonces aquel discípulo a quien Jesús amaba dijo a Pedro: ¡Es el Señor! Simón Pedro, cuando oyó que era el Señor, se ciñó la ropa (porque se había despojado de ella), y se echó al mar. Y los otros discípulos vinieron con la barca, arrastrando la red de peces, pues no distaban de tierra sino como doscientos codos. Al descender a tierra, vieron brasas puestas, y un pez encima de ellas, y pan. Jesús les dijo: Traed de los peces que acabáis de pescar. Subió Simón Pedro, y sacó la red a tierra, llena de grandes peces, ciento cincuenta y tres; y aun siendo tantos, la red no se rompió. Les dijo Jesús: Venid, comed. Y ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: ¿Tú, quién eres? sabiendo que era el Señor. Vino, pues, Jesús, y tomó el pan y les dio, y asimismo del pescado. Esta era ya la tercera vez que Jesús se manifestaba a sus discípulos, después de haber resucitado de los muertos. (Jn. 21:5-14

 

En la continuidad de este relato, donde los discípulos habían tratado de seguir adelante con sus vidas, Jesús les hace una pregunta sutil, tenéis para comer, Él había venido para darles esperanza, sustento y mostrarle que en El, pueden encontrar todo lo que necesitan, sin entender quién era El, no solamente aceptaron que les había ido mal la noche anterior, sino que, como una especie de augurio o confianza recordando que en el pasado su maestro había hecho algo similar, ellos salen y obedecen al agradable Señor para volver a tirar la red. Aún como pescadores experimentados que, saben que, no hay diferencia entre un lado y otro, lo hacen y al instante, logran lo que no pudieron lograr toda la noche. Estaba tan llena que los siete, no podían sacarlas. Es aquí cuando Juan reconoce que es El Cristo resucitado quien les había dado la orden y Pedro, tal como en el pasado (Lc. 5:1-7), ansioso como siempre, se viste y salta apresuradamente para encontrarse con Jesús. Dejando a los discípulos que lo habían seguido para conseguir lo que ahora tienen, recuperando su valor por su Señor, mientras ellos con dificultad regresan arrastrando los peces desde sus barcas. 

 

Las maravillas del Señor no terminan aquí, sino que, cuando ellos llegan, todos encuentran un desayuno que Cristo los había preparado, consciente de que, habían tenido toda la noche fuera tratando de pescar sin resultados. Les prepara algo de comer. Pedro entonces se prepara para volver a poner más peces para el desayuno, mientras disfrutaban de aquel que estaba listo. Sin tratar de asignar algún valor espiritual a los ciento cincuenta y tres peses, solo podemos decir que, quedaron tan asombrados que desearon contarlos o simplemente, querían saber la cantidad de dinero que recibirían según la cantidad de los peces. Mientras les invita a comer y comparten, todos están inquietos, pero nadie pregunta sobre la gracia, amabilidad y gracia de aquel Señor, Así, Juan señala que, según su relato de los hechos, era la tercera vez que se le manifestaba a sus discípulos, “dos veces en el capítulo anterior y ahora” De esta manera, según muestra que puede y desea hacerse cargo de las necesidades de ellos, y que como ahora, solo deben confiar en El. 

 

El día de hoy, nosotros podemos aplicar muchísimas enseñanzas de esta experiencia, cuyo énfasis no recae en la pesca, la pregunta de Jesús o su invitación a que comieran, sino de, como Dios al vernos en ciertas situaciones que no son aquellas que Él ha diseñado para nosotros, sale a nuestro encuentro y nos muestra sus maravillas, claro que, al igual que ellos, debemos orar para que tengamos la suficiente gracia e iluminación para poder identificar su favor. Tal como expresa el salmista, en su justicia Dios se manifiesta con tremendas cosas en nuestras vidas (Sal. 65:5). Otra gran verdad que se desprende de esta lectura, es el hecho de que, nosotros, aun cuando nos desviamos de los planes del Señor, por sus promesas, seremos vuelto a Él, por los medios que Dios defina sean los más convenientes para que nuestros corazones se rindan hacia Él, para ellos, fue el milagro en medio de su trabajo una señal que ellos identificarían. Para nosotros pueden ser diversas cosas, pero el factor común, que nunca debemos olvidar es que, parecerá que es una situación difícil y donde encontremos sentimientos de decepción y tristeza, mientras El, se glorifica en nosotros (2 Co. 4:17

 

Hermanos, la promesa que tenemos del Señor es que, Él va cumplir sus propósitos en nuestras vidas, más allá de nuestras debilidades o inconstancia (Sal. 138:8), A diferencia de lo que sucedió aquí, Dios ha prometido que nunca se separara de nosotros (Mt. 28:20, Is. 41:10), Su compromiso con nuestro bienestar es sobre natural, por ende, hemos de aprender. A descansar en el hecho de que, sin importar cual sea la situación o circunstancia, Dios está ahí. Y siempre va actuar a nuestro favor, cuando Él nos de la fe y el entendimiento para ver sus maravillas, en silencio vayamos agradecidos a su trono y honrémosle por su fidelidad. Amigo, la Palabra de Dios, señala como está la condición del hombre, que se resiste a Cristo, cada uno se ha apartado en busca de su propio camino (Is. 53:6), pero Cristo se ha manifestado, para que, tú que te has extraviado de sus propósitos y amor, puedas encontrar la salvación de tu alma, si vienes con fe a Dios, en el nombre de Cristo, como Jesús enseño, Dios no te rechazara (6:37-40), acércate al Señor que te ha estado llamando por diferentes medios, y pídele que salve tu alma y muestre su gloria en Cristo (Hch. 3:19-20). Hoy, una vez más, Él ha salido a tu encuentro. Dios te bendiga. 

 

Acompáñanos a leer la Biblia en un año: Deuteronomio 10-12 

 

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