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El yugo del pecado y, la oferta de Cristo para romperlo

 

Dijo entonces Jesús a los judíos que habían creído en él: Si vosotros permaneciereis en mi palabra, seréis verdaderamente mis discípulos; y conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres. Le respondieron: Linaje de Abraham somos, y jamás hemos sido esclavos de nadie. ¿Cómo dices tú: ¿Seréis libres? Jesús les respondió: De cierto, de cierto os digo, que todo aquel que hace pecado, esclavo es del pecado. Y el esclavo no queda en la casa para siempre; el hijo sí queda para siempre. Así que, si el Hijo os libertare, seréis verdaderamente libres. (Jn. 8:31-36)

 

Jesús se dirige aquellos que, habiendo profesado confianza en sus enseñanzas, necesitaban estar preparados para modelar una vida de obediencia. Claramente Jesús hace evidente que ellos estaban de acuerdo en lo que estaba diciendo, pero no estaban comprometidos con dejarle ser el Señor de sus vidas, lo vemos porque, se les dice que son esclavos del pecado (Vv. 34) y que su paternidad es procedente del maligno (Vv. 44). Les dice que a menos que logren permanecer en sus mandamientos, no deberían considerarse sus discípulos. Ya que Un discípulo está definido por seguir las pautas de su Señor, a menos que ellos anhelaran verdaderamente las escrituras y desearan aplicarla, no habría un verdadero resultado (1 P. 2:2).

 

Cuando hay un anhelo por la Palabra y un compromiso con obedecerla, la conclusión clara, es que, podrían conocer la verdad. La misma que funcionaria como un santificador en las vidas de los que creen (Jn. 17:17), esto hacen que sean libertados del pecado y el dominio que ejercía el mal en sus vidas. Pero profesar una fe diferente, seria incongruente. Ya que cuando se conoce a Dios hay libertad para vivir para gloria de Dios. Cuando escuchan esto, dicen que no necesitan eso porque nunca han sido esclavos, ¿dónde quedó su fe? En vez de seguir seguidores están mostrando su alto sentir de independencia personal y orgullo. Ellos minimizan su condición, pero Cristo les explica sobre la realidad de su pecado (Mr. 7:21-23), y como este esclaviza sin esperanza, pero a diferencia de esta verdad, Jesús ofrece la libertad que sus almas necesitan y las fuerzas para permanecer en firmeza.

 

Hoy día es común escuchar a las personas descansar en su propia justicia, ellos ignoran que las mejores acciones que se puedan hacer estarán afectadas por la realidad de nuestros pecados lo cual hace nuestras acciones no gratas ante Dios (Is. 64:6), las personas llegan a la conclusión de que su propia bondad es suficiente, porque se comparan con las faltas de otros, pero ignoran que la medida es la vida santa y los estatutos divinos. Dios continuamente hace un llamado a los que creen analizar su vida y como están conduciéndose las cosas en su profesión de fe (2 Co. 13:5), solo aquel que entiende la realidad de su condición y su necesidad de la guía espiritual que solo Dios puede ofrecer, podrá caminar en la fe verdadera y seguir los mandamientos de Cristo, de lo contrario su fe será superficial (1 Jn. 2:4-6). Se puede caer en la religiosidad, cuando se hacen algunas normas religiosas y se olvida el compromiso con la piedad y la ejecución activa de la voluntad de Dios (Mt. 15:8-9).

 

Solo Cristo es el camino para romper con nuestra falsa sensación de justicia, porque nos muestra la realidad del pecado de nuestro corazón desde que nacemos (Sal. 51:5, Ro. 5:12), nos muestra las normas divinas que continuamente quebramos (Mt. 22:37-39), y lo indispensable que es aceptar la dirección de Cristo para establecer una verdadera comunión con Dios libre del pecado que nos asedia (14:6). No solo es el pecado moral, sino también el emocional, ético, espiritual, etc. Todo aquello que tiene que ver con la totalidad de nuestro ser. No se puede establecer una relación con Dios, antes de que, la obra del Espíritu Santo que viene luego de confesión en arrepentimiento a Dios, aceptando la obra de Cristo. Tenemos pecados que, si bien pudieran ser socialmente menos escandalosos que otros, pero ante Dios, siguen siendo pecado y tenemos que rendir cuentas al respecto.

 

Hermanos, ciertamente la fe, asegura al creyente una eternidad junto al Señor, sin embargo, nosotros, no podemos olvidar que el fruto de la salvación es la transformación y el compromiso con la verdad divina que Dios mismo opera en el corazón (Mt. 7:20, 2 Ti. 1:7). La salvación no depende de nuestro esfuerzo, pero si se evidencia por el esfuerzo que mostramos cada día con obedecer y honrar a Dios con nuestras vidas (1 Ti. 4:7-8). Amigo, más allá de cualquier profesión de fe o actividad religiosa que hayas adoptado, solo quien ha reconocido su pecado, se ha arrepentido y ha clamado la salvación poniendo su mirada en la obra de Jesús será salvo (Hch. 2:21). 

 

Estas cosas tomaran más valor para ti, cuando miras atentamente e identificas la diversidad de pecados que agobian tu vida. Posiblemente has intentado algunas cosas para cubrirlo y otras intenciones para liberarte, y aunque ciertamente pudieras lograr algunos cambios, ningún cambio será significativo a menos que, Cristo, sea tu salvador, este es el único y verdadero camino al Padre (Jn. 14:6), pon tu fe en Jesús. Dios te bendiga.

 

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